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LLAVES DE LAS CULTURAS. Una propuesta de encuentro para la reconstrucción cultural.

La página web de esta iniciativa muestra como primera imagen a una bailarina colorada volando por encima de las ruinas de una iglesia abierta. Si esas son las imágenes que articulan nuestra búsqueda sin duda no las vamos a encontrar.
Más bien, las encontraremos en las calles interrogándonos en nuestro caminar diario. Nos alcanzaran en medio de una plaza bailando. Las buscaremos en pequeñas iniciativas de bares y lugares culturales donde poetas, performers, escritores y actores nos sorprenden cada día. Las disfrutaremos en las redes que nos convocan cada día a lecturas de altísima calidad, a películas y webseries inmejorables y valientes. Las discutiremos y debatiremos en red y las compartiremos físicamente en cualquier encuentro.
La actividad cultural, en esta ciudad y en muchas otras es altísima y de gran calidad. En los últimos tres años la efervescencia cultural es apasionante como no se veía en muchos años. Por tanto, ¿que hay que reconstruir? ¿de que tejido se habla? ¿porque una tal incidencia entre lo público y lo privado? ¿porque la economía invade este encuentro?

El título del encuentro es sugerente pues supone que hay que “encontrar” las llaves de un cerrojo en el que anida oculto y cerrado un hecho adormecido. Esta comunicación tiene por objeto poner de relevancia que quizás el espacio cerrado no sea el de la cultura efectiva y compartida que ya sucede, ni el de la creatividad abrumadora que nos rodea sino precisamente el espacio institucional. Un espacio que produce y reproduce, a través de formas legales, procedimientos administrativos, imposiciones dinerarias y control político, una única manera de pensar y problematizar el complejo mundo cultural.

Me encuentro estos días debatiendo un texto esclarecedor con su autor, Santiago Eraso Beloki. Ese texto contrapone al concepto de industria cultural aquel que parece más oportuno, el de ecosistema cultural. Y esto principalmente porque ya vivimos una época de crisis en la que se les dijo a los trabajadores por cuenta ajena que podían ser autónomos, fueron los años 80 del siglo pasado. Ahora se habla de emprendimientos en la cultura pero, claro, se obvia que la industria cultural como tal no representa más que los intereses de unos pocos y curiosamente aquellos que conservan modelos obsoletos de negocios: la industria editorial y la del cine. Los demás creadores estarán sometidos, siendo réplica de lo que sucede en otros sectores, a la precariedad.
Algo parecido sucedió con la Ley de Propiedad Intelectual y la Ley Sinde. Recuerdo aquí dos contestaciones de aquel momento. Una, el artículo de Amador F. Savater, La cena del miedo en donde el autor hablaba de un encuentro alucinante. La otra el discurso de despedida como presidente de la Academia del Cine de Alex de la Iglesia durante los Goya 2011. Ambos fueron la apertura de la espita y su confirmación. Ambos ponían de relieve una realidad palpable desde hace años; el divorcio entre la realidad cultural y su “reconstrucción” oficial, administrada y tutelada.


Pero si nuestra comunidad tiene ya de por sí un perfil productivo tradicional de pequeños artesanos y pequeñas iniciativas ¿de que industria hablamos? ¿No deberíamos estar hablando de un ecosistema cultural? Pues, pensar solo en términos industriales coloca el objetivo y las soluciones solo en un fragmento de la vida cultural. En aquella que entiende la cultura como recurso y no tanto como derecho. Diría más pensando en David Harvey, de un derecho al uso.
Si pensáramos en términos de ecosistema abordaríamos con mayor amplitud de miras y necesaria autocrítica como respetar ese espacio simbólico común. Sí, sí, un espacio común, ni público ni privado. Si así lo hiciéramos podríamos plantearnos como ladear nuestra mirada. Podríamos mirar las prácticas culturales y artísticas reales para así reorientar la responsabilidad pública y política real. Un crítico de arte catalán lo comentaba muy bien hace unos días en prensa y en su facebook:

“Les administracions no confien en el teixit cultural; no entenen que la cultura es fa des de baix, no per decret; al meu entendre, la política ha de donar suport a la creació i al pensament, però “ella no ha de fer cultura”; ha d’afavorir sense intervenir; en comptes de mirar d’arraconar artistes, teòrics, crítics, etc. per mitjà dels protocols instituïts, hauria de fomentar el diàleg entre la creació, el pensament, l’educació i la societat. (…) Els símptomes són alarmants, de què serveix que a la universitat muntem programes de gestió cultural, de crítica d’art, de museologia, etc. per formar bons professionals si després la política reparteix càrrecs entre correligionaris de partit, còmics, hipsters i modernets? Us imagineu que a algun periodista mediàtic se li encarregués feines en el camp de l’economia o de la sanitat? El país tremolaria, però alguns pensen que el que fem nosaltres és fàcil.”
Y es que cuando las llaves estén dispuestas a abrir esos espacios quizás sean capaces de acometer las múltiples tareas urgentes como analizar económicamente quienes han sido los beneficiarios reales de las políticas culturales, a realizar políticas públicas respetuosas con las culturas emergentes, a reordenar los múltiples niveles administrativos, a revisar procedimientos obsoletos, a legislar en el presente y por el bien común, a desarrollar planes integrales, a exponer y consensuar su hacer político, a impulsar sin tutelar, a incorporar plenamente a los ciudadanos como hecho fundamental del hacer cultural. Eso sí ya no como clientes, ni como consumidores sino como sujetos-participantes, sujetos de pleno derecho.
Así, es cuando se podrá hablar de cogestión, de gestión comunitaria o de tantas otras opciones posibles. Mientras tanto podemos hablar de otra cosa pero no de cultura. Porque en el fondo lo que hace falta es hablar con un lenguaje, un marco simbólico y un relato mucho más moderno, mucho más potente, mas transgresor y sobre todo liberador.

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Un IVAM propositivo

Logotipo oficial, IVAM 2015

Cartel oficial, IVAM 2015


El jueves pasado más que un Tránsito el IVAM fue objeto de una ocupación. Había felicidad. Había caras que hacía muchos años no visitaban ese espacio. Aquella inauguración fue una puesta en común. Múltiples sectores creativos del panorama valenciano estuvieron presentes. No pude evitar sentir la alegría común del final de una etapa angustiosa y angustiante y el inicio de un mundo posible.

En este sentido, ayer domingo saltaba a la prensa, de una vez por todas, la investigación que Intervención de la GVA ha estado realizando durante varios meses en el IVAM. Los datos son conocidos de la comunidad artística: Gao-Ping, Gerardo Rueda, exposiciones en el fin del mundo con dinero público, nepotismo, etc.

Quizás la comunidad artística ha llegado de una forma natural con el correr de los años a una reflexión profunda, a un punto de no retorno. Esa reflexión habla de un necesario cambio que rompa con las lógicas de cercanía al poder, con la sumisión para acceder a toda costa a hacer una exposición o con el pesebrismo vacuo de intelectuales. Pues, en el fondo, esos actos puntuales estaban minando la posible constitución de un espacio simbólico común. Es desde esta reflexión ética que la comunidad artística ha trabajado armónicamente durante estos años y llegado el momento ha mostrado un convencimiento renovado y en bloque por la defensa del IVAM. No han habido fisuras, ninguna.

Muchos han sido los esfuerzos empleados de manera individual o colectiva durante los últimos meses. Éstos provienen principalmente de la sociedad civil más comprometida con las prácticas culturales contemporáneas. Artistas, críticos y gestores bajo el paraguas de asociaciones profesionales, plataformas culturales o individualmente han ejercido una presión continuada que cristalizó hace muchos meses. La tensión se mantuvo de múltiples maneras para conseguir que el IVAM iniciara su nueva andadura “limpio de polvo y paja”. Las visitas informativas, o más bien pedagógicas, a los grupos políticos actualmente en  la oposición en las Cortes, los encuentros con la Consellería de Cultura, las “quedadas” festivo-reivindicativas en la explanada del IVAM, han constituido junto a foros sobre cultura, artículos, conversaciones telefónicas y charlas informales el germen de una nueva manera de pensar ese y otros espacios culturales.

Miquel Navarro desgajado de estos pensamientos desde hace años reprodujo una lógica aberrante y ridícula, pensando el espacio público como espacio propietario. Pues sin duda el IVAM no es El Corte Inglés, ni Miquel Navarro es Adolfo Domínguez, aunque quizás sí.

Miquel Navarro en el IVAM. Foto: José Cuéllar

Miquel Navarro en el IVAM. Foto: José Cuéllar

Esta consideración del IVAM lo instala rápidamente en las lógicas empresariales y marketinianas más peligrosas. Miquel Navarro se convierte en una marca registrada, en una tendencia. Mientras reproduzcamos esas lógicas estaremos irremediablemente reproduciendo un sistema obsoleto cuya función primera es la de taponar a conciencia el espacio simbólico emergente. En suma, ni toda la obra de un artista es relevante, ni un artista puede estar por encima de una comunidad artística o incluso de la emergencia y constitución de un ecosistema cultural.

Las transformaciones sociales y mutaciones culturales que observamos en estos tiempos son de hondo calado. Cuando me ocupo del IVAM me estoy ocupando de pensar modelos de gestión institucional y comunitaria diferente en otros sectores. Por eso, ya no se trata de un “quítame tú para que me ponga yo”. Ya no se trata de un catálogo de artistas y contenidos diferentes. Se trata de algo más.

Estos cambios vienen guiados por una palabra: participación.

Ahora bien, qué entendamos por participación nos situará en un espacio más o menos cercano a los cambios sociales que están desbordando la realidad en otros múltiples lugares. El mundo de la cultura no es ajeno en absoluto a estos cambios. Es su reflejo. Diría más, los está precediendo como el caso que nos ocupa.

Como es sabido la participación debe ir acompañada de información accesible en diferente grado pues no todas estamos preparadas en todo momento a ingresar en los diferentes niveles de complejidad de un sistema organizativo. Habrá ocasiones en las que deseemos simplemente recibir un trato distinto y otras en las que la misma persona desee adentrarse en capas más profundas de problematización. Lo mismo sucede con necesaria renovación en la implementación de procesos guiados por la apertura y responsabilidad en los sistemas de producción. 

Hace unos meses escribía un pequeño artículo, No pienses que es un museo. En él recordaba las funciones primeras de ese Instituto. El IVAM no es solo una colección sino también el lugar desde el que promocionar las nuevas prácticas culturales y sociales.

En este sentido, hay diferentes formas de conceptualizar un museo. Hace unos diez años hablaba con una investigadora independiente en Francia que me contaba su fascinación por los museos-olvidados. Esos museos son los que no habían pasado por la mano del marketing. Aquellos espacios en que podía verse las lógicas narrativas y el mobiliario de principios del siglo pasado o incluso de los años 70 preparados para el turismo europeo. Confieso aquí que a partir de entonces siento la misma fascinación. El IVAM había conseguido mantenerse en un nuevo espacio transformado por dos ejes fundamentales: el desconocimiento y el marketing comercial.

Ese lugar vivía inerte y cerrado preocupado por la suplantación de la realidad, construyendo un espacio de inaccesibilidad insoportable. Espectacularizaba burdamente un espacio, pervertía al arte y los artistas y con ello al público. A este último lo fue convirtiendo de visitante a cliente y por ese movimiento rocambolesco debía falsear el número de visitas. Pero lo más lamentable es que no hubo ningún eje de optimización mínima de esos recursos públicos. La perversión fue constituyéndose a la vez que fue dejando huella en las acciones económicas como hechos fundamentales e incuestionables.

A partir de ahora, el equipo tiene ante sí el mayor de los retos. Un reto que nos incluye pues debemos todas reconfigurar y habitar ese reseteado general empezando por nosotras mismas.

Un IVAM propositivo nos incluye, por tanto, como fuerza instituyente que permite la emergencia de una nueva estructura-institución. Ésta debe forzosamente ser pensada alejada de las lógicas de sujeto-consumidor para iniciar un proceso multinivel que la acerque a la del sujeto-participante.

Entender que el nivel institucional es el único existente sería burdo sobremanera cuando abordamos la constitución de un nuevo espacio simbólico. Del mismo modo, cuando se solicita la independencia de la institución ésta debería igualmente velar por la constitución de espacios de oxigenación social y cultural igualmente independientes. Espacios de gestión comunitaria, espacios de cooperación, alejados de las lógicas mercantiles y políticas. Espacios que promuevan diferentes tipos de prosumidores o sujetos políticos-actores implicados en la vida en común.

De este modo, la necesaria y profunda renovación institucional debería ser guiada a partir de ahora por una concepción ciudadana exigente con respecto a los espacios públicos. Teniendo para ello en cuenta unas mínimas reglas de convivencia e intercambio simbólico que presten especial atención tanto a las formas de producción del conocimiento como a su diseminación plural y transformación coparticipada.

Igualmente, deberíamos ser conscientes que el nuevo tipo de promoción en materia de políticas públicas a desarrollar debería ser exquisita en el respeto a la independencia y el impulso de nuevos caladeros sociales y culturales. Estos espacios, laboratorios del presente, permitirían la regeneración de nuestro tejido social y de nuestro ecosistema cultural. Constituyendo así una institución que se renueva y renueva el contrato social con su entorno impulsando procesos de regeneración colectiva. Una institucionalidad que reaccione frente a un entorno terriblemente deteriorado por lógicas extractivas y con la que nos ayudemos todas a superar la honda privatización de todo tipo de experiencia.

Pero por el momento estamos En Tránsito.

Entrada y salida del IVAM. Foto: Armand Llàcer

Entrada y salida del IVAM. Foto: Armand Llàcer